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-Dámelo -¡No!  -¡Estaba jugando yo!  -¡Mentira! Estaba en el piso.  -Pero lo iba a usar ahora, ¡dámelo! -No -Le voy a decir a mamá  -No le vas a decir porque ella no nos deja jugar con eso.  -Lo voy a romper y le voy a decir que fuiste vos.  ¡Bang! ¡Bang! Dijo el pequeño y el estrépito inundó la habitación, fracturó el sonido matinal de la casa y viajó hasta la cocina asaltando los desarmados oídos de mamá, y fue a perderse despedido como un imponente cohete de una procesión que ningún vecino pudo ver en la calle. Los platos, alocados, cayeron al suelo como un sonido menor, y los latidos de un corazón espantado pugnaban por acercar a dos ojos nerviosos una sola imagen. Mamá abrió la puerta y Dios se apartó del mundo otra mañana de abril.  Al día siguiente una mano encendió el televisor y luego de un rodeo de canales recaló en el obituario cotidiano de las noticias matinales donde un comentarista exhortaba a la población con voz agria y quejosa que cómo...

Miguel

Miguel cerró la puerta, puso doble seguro y ya adentro subió a la alcoba esperando hallar una sola cosa, tranquilidad. Afuera quedaba todo aquello que le recordaba su cercano matrimonio: El cruel humor de los amigos en la oficina, mamá hablando de Dios y el bendito santo sacramento, y la extenuante voz de su novia martilleando que no olvide el papeleo de mañana. Se dispuso en la cama. Y ya recostado, el silencio le otorgó un minuto de reflexión donde después de un variado vaivén de ideas culminó la desperdigada retahíla con: matrimonio, mañana... -¡Ma-ri-ca!, le silabeó una voz. Y sus ojos se abrieron como dos lunas de fuego. Ningún marica, se dijo. No sé por qué tengo estos pensamientos de m.. estos días. Estas cosas ya las he pensado antes. Esto lo hemos decidido los dos. -¿Hemos? le espetó la voz. Miguel cerró los ojos nuevamente como calmando su hartazgo y luego de un breve esfuerzo por ordenar sus ideas decidió que lo mejor sería leer un libro y dar rienda suelta a su imaginación....

Traun

El agua es turbia bajo el bote, sin embargo el detective Traun no se da por vencido. Está buscando una pista, algo que lo acerque a develar el misterio de aquél asesinato. Entonces lo ve, asomando apenas a la superficie y ordena que detengan la embarcación... una mancha metálica flotaba indiscreta acercándose a la pequeña barca. La luna se había encargado de su aspecto acerado y el viento la llevaba irremediablemente hasta la manos de Traun. Una vez asida, la solitaria forma, que contrastaba la turbiedad del lago se deshizo en un líquido viscoso que Traun palpó reflexivo y transido, atravesado de meditaciones. ¿Podría ser esta una mancha navegando solitaria, o es que vienes a confesarme tu delito? Vamos amiga, muéstrame, se dijo, al tiempo que examinaba con sus dedos el líquido viscoso. Acto seguido, alzó la mirada, y fue recompensada la enorme paciencia de ese hombre sabueso. Tuvo un momento más silente aun: Frente a él, una franja titilante circundaba la casa sobre el lago, rodeándol...